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Como agua para café

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Mi gusto por visitar la casa de mi abuela empezó como casi todos los gustos, cuando un montón de casualidades coinciden.
La casa de Yelita era fresca, sus ‘paredes’ de madera permitían que las bajas temperaturas de la mañana se filtraran y quedara en toda la casa.

Con ella vivían todas mis tías y, en consecuencia, todos mis primos. Cada mañana nos tocaba un rico café caliente con pan de agua, y todos los nietos nos sentábamos frente a la tele aun sin cepillarnos, a ver algún programa, incluso, con las sábanas arriba de nuestras piernas.

Muchas veces corría a buscarla y la encontraba sentada en la parte de atrás de la cocina en una mecedora de madera vieja, limpiando legumbres, no importaba de qué tipo, habichuelas, gandules, habas, lentejas, guisantes o arvejas.

Para Yelita, el momento de mayor sosiego era pasar, por largo rato, sus dedos por estos granos, limpiándolos de las pequeñas impurezas. Era su modo de conectarse consigo, no sé qué cosas pensaba, pero siempre se la veía tan ensimismada cuando su mente descansaba y sus manos eran las que trabajaban.

Ahora bien, sin dudas a aseverarlo, sus habichuelas eran las mejores. Sé que las personas suelen decir que en su familia la cocina es la mejor, pero esto es porque no probaron las habichuelas de Yelita. Con el ajo un poco subido de punto, conseguía que siempre supieran iguales: extremadamente únicas y deliciosas. Como las de nadie, podías comerlas solas y sentías el festín en tu boca. Son muchas las veces que noté como sus habichuelas nos unían en un regocijo cómplice, del que todos saben, pero nadie habla.

Cuando se proponía hacer gofio, era un evento, todos participaban, incluso, mis tías que siempre andaban inmersas en sus propios asuntos. Ella realizaba cada fase de preparación como una industria, organizada y por equipos.

Primero se tomaban las mazorcas, se pelaban y quitaban los pelitos, esto nos tocaba a los nietos, por razones obvias, alejarnos del fuego. Ya limpias se le removían todos los granos a la tusa que luego se ponen a tostar, en este punto, el aroma era delicioso y jugábamos a absorber todo el aire en nuestros pulmones hasta no aguantar más.

Yelita tomaba los granos dorados, siempre observaba todo el proceso, los molía en un pilón grandísimo de piedra e iba añadiendo poco a poco un montón de azúcar. A este punto, las ganas de meterme a la boca el delicioso cereal tostado se volvían más grandes que yo, el impulso ganaba y corría con mis puñitos llenos de gofio hacia el patio, donde nadie pudiera verme. Su textura de arena fina, junto al sabor dulce y ahumado, siempre terminaba atosigando mi garganta y tosiendo más de lo que podía ingerir, pero por alguna extraña razón no podía dejar de hacerlo hasta que en mis manos solo quedaban restos polvorientos de mi reciente “mafia”.

El gofio no era su único ritual culinario, su chocolate con maní era lo más parecido a la inigualable liturgia del café. Generalmente en la cena, el olor del chocolate al añadirle los pequeños trozos de maní penetraba en todos los lugares de la casa y nos invocaba, sin llamarnos, pues cada quien llegaba a la cocina, enviciados por el placentero aroma a buscar su pequeña porción.

Es tanto lo que se ha escrito sobre comida y recetas gastronómicas, que cuando analizo lo que nos atrae, más que sabores son experiencias, indescriptibles, inigualables, huellas en nuestro paladar que se convierten en nuestras costumbres más cardinales.

De todos los brebajes que nuestra especie ha realizado desde que se le ocurrió tomar semillas, frutas o hierbas y ponerlas en remojo; desde que consiguió las herramientas para construir edificios y guisos, uniendo mundos e ingredientes, conquistando tierras y deleites exóticos, es el café.

Y el de Yelita era el más calentito y dulce de todos.


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